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Naufragios

Ella sabía que la peor forma de perder era perderse a uno mismo. Por eso sabía sonreír con lágrimas en los ojos, bailar de tristeza bajo la lluvia y decir no me quiero en cada último pétalo del día. Por eso aprendió a caminar pisándose los pies, a enredarse las pestañas para que no cayeran en sus tormentas ojos despistados y ajustase la derrota al pecho, como un escudo de pinchos hacia dentro y nunca hacia fuera. Ella era feliz a veces, y a veces era muy poco. Tan poco que no podía imagianarse más triste que ahora ni más cobarde que siempre. Ella que servía de dique para muchos naufragios se había hundido muchos años atrás y no existía nadie tan valiente que se atreviera a sumergirse en semejante oscuridad para salvarla. Ella que había salvado tesoros sin saberlo, no sabía lo que significaba la palabra salvación. Por eso nadaba a contracorriente hasta quedarse sin energías y se dejaba zarandear por la corriente. Así una y otra vez. Así hasta que perderse era la única manera de sentirse viva. Pues encontrarse también traería consigo la realidad y eso, precisamente a ella, le aterraba.
A veces ser feliz era un sueño, y a veces se convirtió en un siempre porque nunca se atrevió a volar despierta.
Y ahí quedó ella, en la oscuridad de un corazón sin salidas, a espensas de un poco de luz que nunca llegaba, regalando su oxígeno a otros naufragos que se lo pedían.
VECA 

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