A veces echamos de menos lo que no va a volver, echamos de menos momentos que en alguna parte del camino nos marcaron de una forma u otra. Sin darnos cuenta de que no echamos de menos cosas materiales, solo momentos, lo que sentimos, por qué lo sentimos, echamos de menos la sensación, la magia, lo bonito, lo que no podemos repetir. Y a fin de cuentas, esa es la mejor parte. El no poder revivir una y otra vez el mismo instante que una vez fue especial lo hace perfecto; pues eso significa que si una vez alguien pudo hacernos felices, más gente podrá hacerlo. Y quizás no lo sepamos en ese instante. Quizás no reconozcamos la felicidad, ni el amor, ni la paz cuando la vivimos. Quizás para eso existen los recuerdos, para enseñarnos que la vida no frena nunca y que tenemos que estar siempre atentos, sin perder el tiempo, sin perder a los que tenemos al lado. Porque echar de menos no es más que un síntoma de que hemos vivido cada instante al máximo y un seguro de que seguiremos haciéndolo, pase lo que pase.
Ella es de esas que se ríe por tonterias pero nunca pilla un chiste fácil. De las que se ilusiona por cualquiera y no se enamora de ninguno. De esas que prefiere ir descalza por casa, despertarse tarde y desayunar metida en la cama. Es más de abrazos en enero que de besos por San Valentín. La verdad es que nunca le han gustado las fiestas destacadas en el calendario. Es más de regalar y sorprender a que la regalen decepciones. Es de coleccionar derrotas por doquier pero también cuenta con alguna que otra victoria. Es de saltar precipicios antes de estar a tres metros sobre el cielo, porque siempre ha preferido al macarra de turno que al príncipe azul. De Disney solo se llevo ese "hasta el infinito y más allá" y a Peter Pan. Nunca ha querido crecer y ahí sigue, como una cría, saltando y gritando por la calle. Con los labios rojos y los ojos a juego. Siendo feliz como ella sola sabe. Con su gente no necesariamente de toda la vida. Solo con los que han sobrevivido con los año...
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